Edelmiro Mejía Díaz, la historia detrás de la palabra espiritual de los eventos en la Universidad Popular del Cesar

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Valledupar, Cesar – julio 31 de 2025

Desde su nacimiento en Codazzi, Cesar, el 9 de noviembre de 1984, la vida de Edelmiro Mejía Díaz ha sido un testimonio de transformación silenciosa.  Criado, junto a sus dos hermanos mayores, por su abuela paterna tras perder a su madre a los cinco años, vivió una infancia marcada por la austeridad, labores de finca y una educación en valores que más tarde serían cimiento de su vocación. “Mi papá fue presente, pero no convivía con nosotros, se volvió a casar y tuvo otros hijos”. 

Aunque el camino parecía estar en el trabajo rural, fue el deseo de recibir sus sacramentos lo que lo llevó a la iglesia, y más tarde al seminario. Su acercamiento a la fe no fue heredado, sino explorado. A los 13 años comenzó a ir a la iglesia en busca de los sacramentos sin que esto respondiera a una tradición familiar. “En mi casa no son tan católicos que digamos, es decir, no hay una rutina; no les preocupa los sacramentos”, sin embargo, “no sé porque razón, debió ser la insistencia de mi madrina, al único que mi madre bautizó fue a mí, ella tenía una corriente más protestante que católica”. Ahora, el padre Edelmiro, lo ve como “una señal divina”, y gracias a las fotos del día de su bautizo, conserva una imagen de su madre.

A los 14 años, cursaba el décimo grado, ingresó al seminario en Valledupar, renunciando a su pasión por los números, la ingeniería y la mecatrónica, y abrazando una vocación espiritual que se consolidó tras una profunda crisis en 2009, año de su ordenación sacerdotal. “Creía que entrando al seminario tomaría disciplina en el estudio, porque no era el más ordenado académicamente, era flojo para las letras; y luego, me saldría para continuar estudios universitarios”.

Finalmente, se ordenó como sacerdote. “Tenía otras opciones, mi familia podía ayudarme con una carrera”. Pero, su vocación lo llevó a estudiar Filosofía, tres años; cuatro años más, de Etnología y a especializarse en Teología Bíblica en Roma, allí estuvo otros tres años; en la soledad del estudio, afianzó su identidad vocacional. “Tuve oportunidad hasta de tener novia, sin embargo, no se concretó nada, y no era por feo, porque tenía varias enamoradas, más bien era inocente en ese tipo de temas, lo único que se hablaba de sexualidad en la casa era cuando mi abuela, en tono de advertencia nos decía, “si preñan a una muchacha, se olvidan de estudiar, tienen que ponerse a trabajar para mantenerla a ella y al pela’o”, ríe mientras lo recuerda, “era el vago más grande de Codazzi, pero, gracias al  pensamiento de mi abuela, me convencí de que, si no estudiaba, me fregaba; entonces, quería salir adelante a través del estudio, a eso le daba prioridad”.

Hoy, con más de 16 años de servicio y a sus 40 años de edad, el padre Edelmiro Mejía, dice sentirse más libre, más consciente, más sereno, y asegura que, un sacerdote, al comenzar su vocación, suele idealizar las relaciones humanas, creyendo que el amor de pareja es armónico y perfecto. Pero al enfrentarse a la realidad, a los conflictos, las contradicciones y los retos de la convivencia, descubre que no todo responde a esa ilusión. “Esa confrontación lo va aterrizando a uno y volviendo más consciente.  Con el tiempo, uno deja de mirar las relaciones desde la fantasía y aprende a comprenderlas desde su complejidad, con mayor empatía y realismo”, conceptúa.

En cuanto a lo económico dice que, su labor en la parroquia está más enfocada en contribuir y generar para la comunidad. “Afortunadamente, la Universidad, UPC, me ofrece un sustento económico que cubre lo esencial.  “Llevo una vida sencilla, sin lujos ni excesos. Aunque a veces viajo y con lo que ahorro me doy mi ‘champù’. ¿Ha pensado en tener familia, hijos, esposa? Esas preguntas aparecen con frecuencia, cada día me convenzo más de que el sacerdocio es mi camino. Es la respuesta que te doy hoy. No puedo hablar por el mañana, pero en este momento, estoy en paz con la decisión que tomé”.

Así el padre Edelmiro se convirtió en una presencia viva en la UPC

Desde el 17 de marzo de 2017, por decisión del obispo, el padre Edelmiro Mejía se convirtió en el rostro espiritual de la UPC. Su llegada no fue por elección propia, sino por obediencia eclesial, pero su impacto ha sido profundo. En sus 8 años en la institución ha visto pasar rectores, transformaciones y estudiantes que hoy le confían sus silencios.

No se limita a celebrar misas, oraciones o palabras litúrgicas. Lidera la Pastoral Social Universitaria, donde jóvenes creyentes, no creyentes, protestantes, católicos o simplemente ciudadanos activos se unen en obras sociales y reflexiones espirituales. Su rol no es convertir, sino acompañar.  No impone fe, ofrece identidad.

En un entorno donde los jóvenes necesitan puntos de referencia, Edelmiro Mejía representa constancia. Reconoce que la conexión directa con ellos puede ser difícil, por eso confía en el liderazgo entre pares. Él observa, orienta y se mantiene disponible. “Cuando un joven me pide hablar, es prioridad”, dice. Sin importar el lugar, si tiene que ir hasta él, va. Porque esa es su forma de estar presente.

‘Dios está metiendo su mano en la UPC, se ve en el avance de las obras’

Cada evento en la UPC, sea institucional, académico o comunitario, puede iniciar con una palabra suya.  Pero no se trata de frases rituales. Edelmiro estudia cada contexto, investiga, vincula, escritura con realidad. En una Eucaristía con estudiantes de Derecho, por ejemplo, enlazó el derecho romano, el bíblico y el contemporáneo, sorprendiendo a los presentes por su profundidad conceptual. “Lo que más me interesa es conectar la Biblia con la realidad. Si lo logro, siento que ayudo, que avanzo”, afirma.

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